domingo, 4 de enero de 2009

Antonio Burgos, un "periodista" desinformado


En el rancio periódico ABC escriben siempre los mismos y les guardan fidelidad hasta que se mueren. La edad les pesa y se acomodan a unir letras sin dar coherencia ni sentido común a sus textos. El último ejemplo es el de Antonio Burgos, ese taurino, que se lucró con su supuesto amor hacia los gatos -parece que los toros no se merecen su afecto- y que, ahora se permite hacer demagogia, algo que al periódico centenario le sobra.

ÉSTE ES ARTÍCULO, sin comentarios, se desacredita con una rápida lectura, a pesar del estilo pesado, rimbombante y tedioso que atesora este escritor.

ANUNCIARON que, con la crisis, este año se iba a operar un cambio geográfico sustancial en las cestas de Navidad: que iban a pasar de Jabugo a Cantimpalos o a Vich. Esto es, del jamón al chorizo o al salchichón. Se equivocaron. Las cestas pasaron de Jabugo a nada. No pasaron. Se enviaron poquísimas. Para cestas estamos. Las cestas pasaron a mejor vida. Al baúl de los recuerdos de las Navidades de antaño, cuando con los esplendores y gozos del pelotazo amarrábamos los perros no con longanizas, sino con jamones de cinco jotas.

Pero no anunciaron en cambio que el pavo iba a tener un competidor y lo ha tenido: el cochinillo. Será probablemente un homenaje a Cuba, en el quincuagésimo aniversario de la llegada de los barbudos a La Habana. Día de fin de año en que por cierto estaba Juanita Reina actuando en La Habana, donde gustaba muchísimo el género folclórico andaluz y donde yo he comprobado por la calle Lamparilla y por Obra Pía cómo se siguen recordando los cuplés de aquellos espectáculos españoles que llevaban Concha, Juana o Lola. Estaba Juanita Reina con su hermana Loli en la habitación de su hotel habanero cuando empezaron a oír un alboroto y un tiroteo. Una guerra, guerra, guerra, vamos, como cantaba la propia Juanita en el tanguillo de las bombas que tiran los fanfarrones. Eran las bombas que tiraban los fanfarrones barbudos. Pero Juanita le dijo muy seria a su hermana:

-Loli, hay que ver qué cohetes más gordos tiran estos gachós por Nochevieja.
Ese fue el triunfo de la revolución castrista según Juanita Reina. Y como un homenaje a ese triunfo, este año se ha impuesto en España el cochinillo, plato tradicional en las cenas de Nochebuena en Cuba. El cochinillo es a Cuba lo que el pavo a España. Y ya digo que no sé si como conmemoración de los cincuenta años de opresión del pueblo cubano por la dictadura comunista, o a resultas de la crisis, el caso es que no he visto en las mesas españolas más cochinillos que este año.
Un horror.

¿Por qué no hay antitaurinos del cochinillo? Aquí mucho llamar asesinos a los toreros y a los aficionados que vamos a las plazas, pero nadie abre la boca sobre el pobre lechón. ¿Por qué? ¿Porque el cochinillo es de izquierdas, ya que es el plato navideño de los cubanos del dictador Castro? Matar a un pobre lechoncito en su más tierna infancia, precisamente por eso, por lo tierno que está, qué horror, sí que es un asesinato, y no criar toros a cuerpo de rey en las preservadas dehesas. Hablan luego con asco y espanto de que los coreanos comen perros. ¿Y los cochinillos de España, dónde me los dejan? En los asadores te sirven como cadáveres de niños chicos sobre una bandeja. Como fetos de cerdos, perfectamente formados, con su lomito, su hociquito, sus orejitas, sus patitas, su rabito. Achicharrados los pobres. Medio cadáver de lechón sobre una bandeja. Un espanto.

A los antitaurinos nadie los obliga a asistir a una corrida de toros, pero a los que somos objetores de cochinillo nos dan la comida sin preguntarnos. En mala hora asistí días pasados a una comida de Navidad en la que mis dos compañeros de mesa, a babor y a estribor, pidieron lechón asado. Un espanto. Los cuartos traseros del lechón todavía tienen un pase. Pero a mis dos vecinos de mesa les trajeron sendos cuartos delanteros del lechón, qué pena más grande de aquellas dos cabecitas. Dos pequeños y hermosos cerditos lactantes, como de dibujos animados, que habían sido asesinados y medio carbonizados. Pese a lo cual sus cadáveres eran perfectamente reconocibles, con su cabecita allí sobre los grandes platos. Con el agravante de que el lechón que tenía a mi derecha miraba el pobre hacia mí. Y el de la izquierda, puesto a la inversa sobre el plato, también me miraba. ¿Usted sabe lo que es aguantar durante media hora el silencioso grito de protesta de la mirada de los ojos de dos pequeños lechones asesinados? ¿El pato laqueado de los chinos, dice usted? No, esto es mucho peor. Así que al modo de la anécdota de la locomotora del padre de Manolo Caracol, pido a los antitaurinos que si de verdad son ecologistas y amantes de la vida, esos cojones que les echan a las corridas donde tienen que echarlos es contra la muerte masiva de inocentes lechones a manos de los perversos y crueles Herodes porcinos de la Navidad.

¡UN EJEMPLO MÁS DE LA ESTUPIDEZ HUMANA!


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